Este es el fin… del 2012

Pues así es, otro año está a punto de terminar y con él una serie de incómodos sucesos y malos sabores de boca que espero no recordar. Debo admitir que hubo buenos momentos pero desde la segunda mitad del año todo se ha vuelto especialmente caótico y honestamente ignoro porqué. Yo no me considero una persona mala, aunque tampoco del todo buena, pero en serio, ¿debo sufrir más que un asesino serial o un violador por actos que ni siquiera recuerdo haber cometido?

Recapitulemos, el año 2012 comenzó de una forma genial. Me ofrecieron otro trabajo mucho mejor pagado que eventualmente obligó a mi actual jefa el aumentarme el sueldo para que no la abandonara. Mejoré mi amistad con algunas personas y me hice de cosas que antes no hubiera pensado tener. También había mejorado mi estado de salud en general y seguí perdiendo peso y tallas a causa de la práctica de la natación que comencé desde finales del 2011. Todo iba perfecto hasta que entramos en el calor de la jornada electoral a mediados de año, y en el que por manifestar mis opiniones políticas y mi preferencia por el entonces candidato presidencial Enrique Peña Nieto del PRI me volví blanco de duras críticas e incluso de amenazas, demostrando la clara intolerancia de muchas personas, incluso varias que se dicen “defensoras de los derechos” (al parecer sólo defienden los derechos de animales, de indígenas o de personas menos afortunadas, no de sus similares). Debo decir que me sorprendió la actitud de estas personas e incluso pude presenciar en carne propia como algunos todavía andaban resentidos por sucesos pasados (¡de hace más de 13 años!) o eran de plano unos hipócritas lobos disfrazados de oveja (y no me extraña su preferencia por Andrés Manuel López Obrador, quien se caracteriza precisamente por tener dos o más caras…), pero al menos no todas las revelaciones fueron malas, pues encontré afinidad con otras personas que creí adversarias en algún momento o que pensé que tenía poco en común con ellos. Al parecer si hay algo de luz al final del túnel, pero esa luz se fue oscureciendo poco a poco conforme siguió avanzando el año.

Tiempo después, y una vez que a estas “personas no gratas” se les introdujo algo muy en lo profundo de su ser lo cual no debió haberlos dejado sentarse en al menos unas cuantas semanas (algunos parece que todavía encuentran dificultad al realizar esta actividad), todo parecía volver a la normalidad hasta que descubrí ciertos sucesos importantes relacionados con personas que fueron muy cercanas a mí en su momento pero que al parecer decidieron dejar de involucrarme en sus vidas paulatinamente hasta el punto en el que parecía ser víctima de la “ley del hielo” sin darme cuenta cuando poco a poco comencé a enterarme de lo que acontecía con ellos por terceras personas o porque de plano las computadoras (que siempre han demostrado su lealtad hacia mí) me daban una pista gracias a la maravilla de las redes sociales y de su pobre implementación de mecanismos de privacidad. Lo peor del caso es que yo siempre he tomado en cuenta a estas personas y las seguía manteniendo cerca de mí pero al parecer eso no cuenta para nada. Una vez que estás fuera de su círculo inmediato estás fuera para siempre, no importan las razones por las que saliste en primera instancia aunque nada tuviera que ver con ellos o en qué tan alta estima los tenía, pero en fin.

Posteriormente conocí a una chica muy simpática y que parecía tener cierto interés hacia mí debido a las pláticas ocasionales que había entre nosotros o a los pequeños detalles que surgían por ahí de repente, pero poco a poco me di cuenta que lo único que quería era “pasar el rato” mientras se recuperaba de una relación fallida para comenzar otra relación con otra persona que poco o nada tenía en común conmigo. Existió la promesa de comunicarnos cual pareja enamorada pero lo único que hubo fueron palabras al aire y un único mensaje que quedó plasmado dentro del inmenso universo de las comunicaciones móviles característico de nuestra era, de la cual yo no soy partícipe no por falta de interés sino porque sencillamente al resto de mis contactos pocas veces le importa estar en contacto conmigo de forma inmediata y por tanto lo considero un desperdicio de batería y de dinero. En fin, he decidido que después de toda una vida de soltería, si alguien se interesa en mí que lo demuestre en serio, yo ya no estoy para las “mariposas en el estómago” ni otras cosas cursis típicas de los “flechados por Cupido”, eso se lo dejo a los adolescentes pues en mi caso ese barco ya zarpó desde hace mucho y dudo que regrese, y me inclino a sospechar que incluso sufrió el mismo destino que el Titanic, entre otros navíos que desaparecieron en su viaje inaugural.

Al mismo tiempo que eso sucedía, tuve el placer de conocer a varias personas que llenaron mi cuota social, con quienes al menos pude compartir experiencias y uno que otro incidente chusco fuera de las redes sociales y el Internet, aunque últimamente sigo en contacto con algunos por ese medio pues ya no los he visto en persona por distintos motivos. He aprendido que se puede llegar a conocer mejor a las personas en ambientes más íntimos, y las relaciones se refuerzan mejor y con más rapidez de esta forma.

En los últimos meses de este año, el caos poco a poco se dejó ver. En octubre decidí arreglar de una vez por todas varios de los problemas dentales que me aquejaban y finalmente programé una visita a un dentista. Después de una exhaustiva revisión escuche algo que no me sorprendió para nada pues tenía más de 8 años que no visitaba a la Santa Inquisición… digo, a los consultorios dentales: me tenían que practicar varios procedimientos para evitar infecciones y disminuir caries, e incluso para salvar una muela lo que implicaba someterme a una costosa y dolorosa endodoncia. Como Juan Camaney decidí entrarle a todos los procedimientos, pero el dolor de los mismos no se compara con el que experimentaba a la hora de pagar la cuenta, y eso que todavía en la fecha en la que escribo esto no han llegado a su fin.

Al dolor y agonía de mis dientes se le agregó la incomodidad y tortura que representó la reaparición de un viejo enemigo: mi nariz. En el 2010, a mi querido organismo se le ocurrió desarrollar hipertensión manifestándose en una severa hemorragia nasal que no se detuvo con nada hasta que visité a una excelente (o al menos hasta ese entonces lo era) doctora después de lidiar con algunos charlatanes que ni siquiera poseían del carisma del Dr. Nick Riviera de Los Simpson, lo cual al menos me habría reconfortado a la hora de pagar sus inútiles honorarios médicos. Después de varias costosas visitas a esta especialista, mi nariz dejó de ser tan “sangrona” hasta principios de este mes, cuando una pesada comida de fin de año de la empresa donde laboro culminó en una serie de episodios de diarrea y vómito tan fuertes y tan desagradables que poco faltaba para que el baño tuviera que ser remodelado en su totalidad. Esto aparentemente causó que la fortaleza de los vasos sanguíneos de mi nariz disminuyera y finalmente, con el ambiente frío característico de esta época del año, comencé a sangrar nuevamente.

Hace unos días visité nuevamente a esta especialista y después de asaltarme con sus honorarios y los medicamentos que recetó pensé que todo saldría bien, hasta justo hoy que tuve otro severo sangrado que parecía que estaba grabando una nueva secuela de “Tiburón” en mi propia regadera y la cual no me dejó muy tranquilo y que me hace pensar que en cualquier momento puede ocurrir, haciendo de mis vacaciones invernales y los últimos días de este 2012 la peor de las agonías que he sufrido en mi vida.

Finalmente, estos problemas en mis relaciones personales, en mi cuerpo y en mi mente me hacen preguntarme con más frecuencia el porqué. ¿Por qué me pasa a mí? ¿Por qué un criminal o alguien que sale de su casa todos los días con el explícito propósito de causar el mal a otras personas no tiene ningún problema que se lo impida hacerlo mientras que yo he llegado a tener dificultad hasta para levantarme de mi cama? Creo que eso nunca lo sabré…

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