En el mundo de las caras felices

Hola a todos, ya tiene rato que no pongo nada por aquí pero las cosas, como saben, han sido bastante abrumadoras para mí en estos últimos meses y casi no he tenido tiempo de escribir. En fin, ahora tenemos un rato libre para poderlo hacer y eso es precisamente lo que estoy haciendo… jejeje

¿A qué se debe el título del día hoy? Pues bien, probablemente no muchos de ustedes lo sepan (o algunos se sorprendan de que nunca se me quitó la adicción… jeje), pero uno de mis pasatiempos además de las computadoras, videojuegos, Los Simpson, criticar a los políticos y demás, es el coleccionar Playmobil. ¿Recuerdan esos juguetes que muchos tuvimos en nuestra infancia y que por alguna razón u otra dejamos olvidados por ahí o de plano los perdimos para siempre? Pues bien, yo nunca me deshice de los míos y ahora que poseo poder adquisitivo propio he adquirido varias cosas para complementar esa colección de la infancia que siempre quise, pues fueron los únicos vestigios de esa época de pocas preocupaciones y mucha energía que cuidé y que han sobrevivido el paso de los años.

Después de tanto meditar y de examinar la gran variedad de situaciones y sucesos que han “vivido” estos muñecos, me he puesto a pensar en algo, ¿porqué siempre sonríen? Pueden ser señoras que están a punto de quemarse vivas en sus casas en llamas, prisioneros de un grupo de piratas, esclavos de una plantación de algodón del siglo XIX y aún así siempre sonríen. Son los muñecos más optimistas que he conocido en mi vida ya que no importa lo extraño, peligroso, desagradable o tedioso de su trabajo o labor, siempre tienen una expresión de felicidad en su rostro. Estoy consciente de la explicación oficial que nos proporcionó el creador de estos muñecos, Hans Beck (q.e.p.d.), hace más de 35 años, donde da a entender que la expresión facial de los mismos es producto de la forma como los niños dibujan las caras (dos ojos y una sonrisa) y ahí yace mi más grande conflicto existencial hasta ahora: ¿porqué dejamos de sonreír?

Cuando somos niños, siempre dibujamos caritas “felices” en las personas, los animales y hasta en cosas inanimadas como objetos cotidianos o hasta el mismo sol (y quien no lo haya hecho seguramente no tuvo infancia), algunos dirán que es por la obvia falta de interacción con el “mundo real” ya que nuestros padres comúnmente tratan de proporcionarnos un ambiente que nada tiene que ver con esa “realidad” tan sombría del mundo de los adultos, pero yo digo que la razón de esto es porque nosotros , cuando niños (con sus evidentes excepciones, claro), no conocemos el mal y obviamente no sabemos cómo expresarlo. Una vez que empezamos a interactuar con algunos elementos de ese mundo “real” es cuando empezamos a conocer lo más oscuro de la naturaleza humana y entonces cambiamos las caras felices por caras indiferentes, en el mejor de los casos, o por caras tristes y desoladas. Finalmente, cuando llegamos a la adolescencia y a la edad adulta, simplemente dejamos esa sonrisa “perpetua” y la cambiamos por una sonrisa temporal y a veces hasta falsa, todo lo que nos permita lidiar con esta realidad que muchos de nosotros ni imaginamos cuando dibujábamos caritas sonrientes en nuestras camas, sentados frente al televisor o en el patio de la casa, junto a nuestros compañeros de plástico que también sonreían (y siguen sonriendo) a pesar de todo lo que les suceda.

¿Y a qué viene todo esto? Es sencillo, la forma en la que han pasado las cosas recientemente en mi vida me hace añorar aquellos tiempos en los que “todo era felicidad” (sin tratar de citar a un profesor de matemáticas de la preparatoria que nos hacía sufrir con esa frase) y no puedo dejar de pensar en cómo hay personas que, como los muñecos, se la pasan todo el tiempo sonriendo aun cuando la vida los trate con la punta del pie. Ojalá y yo algún día encuentre la manera de desconectarme de mi realidad y llevar la vida como estos muñecos, simplemente sonriendo, a pesar de las adversidades. Mientras tanto, seguiré admirando el legado del Sr. Beck y añorando aquellos lejanos días en el que las palabras “crisis”, “estrés”, “preocupación”, “separación”, “trabajo”, etc. no estaban en mi vocabulario.

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